Un hombre antiguo, con figura en blanco y negro, me esperaba sonriente fumando su pipa junto al faro con la misma quietud que el mar antes de la tormenta. Un anciano con mirada profunda y serena, con el rostro surcado por las arrugas y cicatrices de la vida... Yo y mi tonto corazón temblábamos de emoción a cada nuevo paso que acortaba la ya corta distancia entre ambos. El faro iluminaba la verdad, esa misma verdad que había estado delante de mí desde el principio.